RENDICIÓN


No ofrecer resistencia a la vida es estar en un estado de gracia, sosiego y levedad. Ekhart Tolle

Desde el corazón para Kalimán, su mujer y sus hijos.

Conocí al Kalimán vestido de smoking. Alto, espigado y con un cigarro en la boca. De ojos sonrientes y bigote cómplice y protector de gestos y vocablos que poco se veían y se entendían.


Lucía bien aquella noche del 2004 en Casa de Piedra, bailando a su niña. Desde el segundo piso del salón, su mujer y yo, conmovidas con la escena, compartíamos lágrimas y vinos al ritmo del vals.


Imagino que debió haberse sentido dentro de ese smoking como si hubiera traído puesto un traje de astronauta, porque hasta donde mi percepción de él alcanza, Kalimán era así. Casual y desenfadado. Amante de los jeans, las botas y las camisas a cuadros. Enemigo de las formas y los protocolos. Auténtico, simple, sencillo, diligente, generoso y, a su manera, sabio. Vivía a su modo, sin conceder nada que fuera en contra de sus convicciones.


Lo conocí poco y mucho. Poco, porque mi tránsito por su vida fue sólo de algunos años, que ciertamente no fueron suficientes para comprender su lenguaje verbal. Hablaba bajo y hacia adentro y aunque pasábamos largos ratos conversando, nunca supe bien a bien de qué se trataba el tema.


Mucho, porque por algún tiempo tuve la fortuna de frecuentar regularmente a su familia política y su círculo de amigos. Yo lo observaba con detenimiento en las diversas reuniones y había algo en él, indefinible, más allá de la forma, que me hacía sentir un vínculo ancestral. Como si detrás de mi incapacidad para comprender su dicción, existiera un lenguaje claro y profundo, carente de palabras, del que emanaba una sabiduría primigenia, casi feroz.


Pienso que cuando alguien querido muere, todos los que le queríamos morimos un poco también. Cada final de algo es una pequeña muerte. La forma que esa experiencia tenía en nuestra conciencia se disuelve y eso, por lo general, produce un gran vacío. Se vuelve inimaginable y aterrador que ese ese “otro” pueda dejar de existir. Creo entender que eso sentían su mujer y sus hijos cuando al abrazarnos me susurraban preguntas llenas de temor.


Lo único que se me ocurre decir es lo que me ha salvado una y otra vez ante mis propias pérdidas y que aprendí de mis grandes maestros espirituales: "lo que toca es rendirse profundamente a cada aspecto de la experiencia, externa e internamente, no luchar porque sea de otro modo. Dejar que lo que es, sea. Ese estado interno de rendición traerá de nuevo quietud y paz al corazón".


Hoy creo entender el misterio de eso indefinible en Kalimán, o al menos, así me lo parece: Roberto, aunque nunca lo llamé así, era del campo y para el campo. Muchos años, no sé cuántos, dedicó su vida a cultivar la tierra. Ahora pienso que su conexión con ésta le dio esa extraña sabiduría que se revelaba en su ser y en su hacer. Se dejó enseñar por ella y pudo, acaso sin darse cuenta, experimentar esa dimensión inefable de la naturaleza, que no puede ser comprendida a través del pensamiento. Esa armonía y sacralidad que compenetra todo cuanto existe y que a lo largo de su existencia permeó a quienes le conocieron de cerca.