LO ELIJO TODO

May 10, 2016

 

En cuanto vi anunciada la obra de teatro La mujer justa, basada en la novela literaria de Sándor Márai, compré mi boleto.

 

Hace apenas un par de meses que devoré con avidez lo que me pareció una exquisita exploración y descripción de las emociones humanas; un fiel y casi cómico acercamiento a la clase burguesa de la segunda guerra mundial (tan parecida a la de ahora); y una minuciosa demostración de la absurda e insistente manía de los seres humanos, de pretender reducir la felicidad a la capacidad de un “otro justo” que satisfaga y cure necesidades y heridas personales y generacionales.

 

Durante el día del estreno me percibí en varias ocasiones deseosa de que la hora del evento llegara. Entre lo que Sándor Márai me había contado y lo que puse de mí en esa historia, mi cabeza giraba entusiasmada y expectante ante la posibilidad de recibir, al menos, la réplica emocional.

 

Tras unos largos segundos de absoluta oscuridad, y tan pronto personajes,  diálogos y sillas aparecieron sobre el escenario, mi mente, dando pequeños brincos que iban de la confusión al agobio, intentaba, al ritmo del incesante piano de fondo, ajustar lo que los sentidos percibían, a lo que previamente se había instalado en mi cabeza.

 

Sillas, pasos y voces iban y venían a sus anchas, mientras yo experimentaba la amenaza de permanecer aferrada a aquello que soberanamente habitaba mi memoria y me mantenía suspendida, encerrada, resistiendo lo inevitable, o bien, dejar que lo que era fuera y entregarme por completo a ello, evitando así, un proceder absurdo y disfuncional.

 

Al final lo conseguí a medias. Entre suposiciones, expectativas, parámetros, prejuicios, creencias y sospechas labradas con cincel en el cráneo, es difícil experimentar toda la belleza y la verdad contenidas en el despliegue cómodo y desenfadado que la existencia nos regala momento a momento.

 

No hubo gran diferencia en la trama del libro que leí, la obra que se representó y la experiencia que viví como espectadora. El común denominador es simple: resistencia a lo que es. Y esa pequeña acción, por inocua que parezca, ocupa un porcentaje amplio en la estadística de infelicidad.

 

 

Mediante la aceptación de lo que es abrimos un espacio interior infinito, porque se renuncia a filtrar, a controlar, a validar, a medir y a juzgarlo todo. En este sentido, aceptar es enriquecerse y permitir que el mundo entre en nosotros, en lugar de querer transformarlo a nuestra imagen, y no aceptar más que lo que nos conviene y nos parece. Es lo que decía a su manera, un tanto extraña, Teresa de Lisieux: Lo elijo todo.

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