LUZ EN LA MONTAÑA

En honor a Arturo, su mujer y sus hijos. Escribir este texto es para mí un gran privilegio y un acto sagrado.


Les pido sus oraciones para mi esposo, se fue a correr un Ultra maratón en la Patagonia. La carrera ya terminó y él no llegó a la meta. Está en la montaña y el clima no les ha permitido encontrarlo” (16 abril, facebook)


Así fue como me enteré de la noticia, apenas unas horas después de pasar la tarde con su mujer, mi amiga de antaño, actualizando historias de los últimos tiempos. Ese sábado, una de las historias era él. Aparentemente más vivo que nunca, corría un Ultra Maratón (160 km) en la Patagonia. Dos días después de nuestra reunión encontraron el cuerpo inerte en algún lugar de la blanca montaña.


Vi a Arturo por última vez hace seis meses en una lectura poética que realicé en el entonces DF y a la cual llegó sorpresivamente. Lo percibí muy delgado y especialmente alegre y platicador. Mi relación con él tiene más de largo que de profundo, algo que ahora lamento, porque cierta estoy de haber malgastado el tiempo en que coincidimos.


Hoy, como tantas veces, la muerte irrumpe en la existencia de quienes lo conocimos, de forma abrupta e inesperada y yo, como en cada ocasión, me pregunto sobre la cualidad onírica de la existencia humana, tan sólida y real, y sin embargo tan efímera. Capaz de disolverse en cualquier momento.


Siempre he sabido que voy a morir y que lo mismo pasará con todos. Pero eso es sólo un concepto mental hasta que la muerte en persona me visita una y otra vez para recordarme su verdad: que ese yo con el que me identifico tanto y considero tan preciado, es sólo una formación temporal, que mi cuerpo es pasajero y que todas las formas de vida son impermanentes.


Esto puede no consolar a nadie visto superficialmente y menos en momentos de crisis. No estoy tratando de negar el dolor o la tristeza, sino de observar la tendencia de la mente a construir una historia en torno a cada pérdida. Aceptar el miedo, la ira, el resentimiento, la autocompasión y las emociones que acompañan sucesos como éste, es necesario y saludable, sin embargo, si nos damos la oportunidad de ir más allá y registrar lo que está detrás de lo que la mente ha fabricado, de entrar en esa cueva vacía, podríamos experimentar, como me pasó a mí en su momento, la paz que de ahí emana. Cuando la muerte nos hiere irradia, si lo permitimos, una comprensión que, de otro modo, no tendríamos.

Desde mi propia experiencia compruebo que cada vez que alguien cercano muere, el Dios Universal brilla a través de ese hueco; que en cada accidente o desastre existe una dimensión liberadora o redentora que nos da la oportunidad, aunque sólo sea por un momento, de desidentificarnos de la forma y ver lo eterno en nosotros. De comprender que los momentos de dolor y alegría se alternan bajo el mismo cielo.


"Algunas personas entran en una paz profunda y se vuelven casi luminosos justo antes de morir, como si algo brillara a través dela forma que se está desvaneciendo".

Ekhart Tolle