EL CAMINO DE EN MEDIO


Generalmente, la soledad nos parece un enemigo. El dolor de corazón no es algo que elijamos invitar a nuestra vida. Es algo inquieto que nos quema y que está preñado del deseo de escapar y de encontrar algo o alguien que nos haga compañía. Cuando podemos descansar en el punto medio, empezamos a tener una relación serena con la soledad, una soledad relajante y refrescante que pone nuestros temores totalmente al revés. Pema Chodron


Siempre queremos que las cosas vayan en un sentido o en otro. La mente, sin puntos de referencia, suele entrar en un estado de nerviosismo y ansiedad muy parecido al síndrome de abstinencia que se experimenta al dejar un vicio o un hábito. Cuando no podemos ir a la izquierda o a la derecha, cuando no hay nada conocido de lo cual agarrarnos, es como si estuviéramos en un centro de desintoxicación.


Sin embargo, después de años de estar apostando a lo mismo (conseguir seguridad) el resultado no cambia. Nos movemos en busca de placer y comodidad y la alegría de conseguirlo es siempre efímera. Algo parecido a cuando uno cambia la posición de las piernas durante la meditación: dos minutos después del alivio, deseamos moverlas de nuevo.


El proceso de liberarse del dolor requiere de una gran valentía. Se trata de cambiar nuestra forma de percibir la realidad. Algo así como modificar nuestro ADN; deshacer el patrón (que, por cierto, no es sólo de uno sino de la humanidad) de pensar que siempre hay un problema y que alguien o algo, en alguna parte, tiene que resolverlo.


Cuando nos sentimos solos y desesperanzados, lo que queremos es ir a la izquierda o a la derecha. Dejar de sentir lo que estamos sintiendo. No queremos pasar por la desintoxicación. Queremos la victoria o la derrota, alabanzas o culpas. Invocamos entonces a nuestras conocidas identidades, ya sea de "víctima" o de "victorioso", aunque no funcionen.


Cuando podemos descansar en el camino de en medio, ni izquierda ni derecha, ni víctima ni victorioso; cuando aprendemos a quedarnos sin una mano a la que agarrarnos y renunciamos a la creencia de que escapar de esa sensación nos va a aportar felicidad duradera, es cuando realmente iniciamos el sendero de la liberación.


Es cierto, hay que renunciar a esa creencia miles de veces, hacernos amigos una y otra vez del miedo y el nerviosismo. Quedarnos ahí, respirando...


Entonces, sin darnos cuenta, algo profundo y significativo empieza a cambiar.